viernes 7 de noviembre de 2008

Pèl & Ploma

Ploma
No és d’escriure: és de barret; d’aquells que no deixen veure les funcions quan els teniu a les files del davant. Tapa un capet preciós, ple de pardals, i és el dibuix d’entrada del nostre semanari. Val més començar amb un barret de ploma que no amb una gorra de pèl.

Pèl & Ploma

Con esta explicación arrancaba en junio de 1899 “Pèl & Ploma”, el semanario sobre arte y literatura que el pintor e ilustrador Ramón Casas creó junto a Miquel Utrillo partiendo de los restos de otra revista: “Els 4 Gats”. El uno se dedicaría a ilustrarlo (pèl o el pelo del pincel) mientras que el otro se encargaría de los escritos (ploma o pluma para escribir). Durante sus poco más de cuatro años y cien números de vida, entre otros, pasaron por sus páginas Santiago Rusiñol, Isidre Nonell, Joaquín Sorolla, Joaquim Mir, Josep Mª Sert y un por aquel entonces poco conocido pintor que firmaba como Ruiz y que más tarde lo haría como Picasso.

En el Arxiu de Revistes Catalanes Antigues está escaneada, junto a otras joyas, la práctica totalidad de los cien números de esta revista.

jueves 30 de octubre de 2008

La otra mitad

No soy especialmente pesimista, pero sí de esas personas que ven la botella medio vacía. A no ser, claro está, que sea de vino y la otra mitad la haya vaciado yo.


(sugerencia de consumo)
en vinilo (otra vez) suena Bottle Of Red Wine de Derek & The Dominos

miércoles 29 de octubre de 2008

Sigue lloviendo

Con las manos hundidas en los bolsillos he entrado al abrigo de la panadería, que me ha recibido con olor a pan caliente. Afuera el termómetro de la farmacia marcaba esos escasos diez grados y seguía lloviendo. Si damos por cierto que el otoño dura lo que tarda en llegar el invierno, convendremos que este otoño ha sido fugaz, visto y no visto. Todavía no hace tres semanas que íbamos en manga corta y hoy he salido de casa revestido con cuatro prendas de manga larga, calcetines y zapatos de invierno. En mi terraza el mercurio no llegaba a los diez y seguía lloviendo. De todos modos, y pese a tener los pies helados, prefiero este tiempo al desconcierto de ver a las castañeras sudorosas en sus casetas vestidas con una bata sin mangas, asando castañas y boniatos junto a la caseta de los helados.

En la panadería he comprado un cruasán que todavía estaba caliente, he pagado y al devolverme el cambio, la panadera, una chica joven, menuda y pizpireta de pelo castaño claro, ha retirado la mano con un gesto brusco al tocar la mía. “¡Qué manos más frías!” ha exclamado. Y se ha echado a reír. Al abrir la puerta de la panadería para salir, el acogedor olor a pan se ha hecho jirones entre ráfagas del viento frío y cargado de humedad de la calle, donde seguía lloviendo. Me hubiera quedado ahí dentro, cobijado entre hogazas de pan a resguardo de este invierno prematuro.



(sugerencia de consumo)
November Rain de Guns N' Roses, todo un clásico

Con el atardecer me iré de ti

Decía Sabina que las amarguras no son amargas cuando las canta Chavela Vargas. Pero fíate tú de un tipo como el Sabina...

domingo 26 de octubre de 2008

Todo se va a la mierda

Estaba buscando este vídeo, cuando he visto que los de Shackleton la han vuelto a liar.


(sugerencia de consumo)
Todo se va a la mierda, de The Leman Brothers

sábado 25 de octubre de 2008

Solos

Bajas la escalera y antes de llegar al rellano del tercer piso escuchas un distraído ruido de llaves entrando en la cerradura, un ruido de llaves que se interrumpe de repente dentro de un puño. Cruzas el rellano, pasando por delante de la puerta cerrada del tercero primera, sabiendo –lo sabes, notas los ojos clavados en tu nuca– que el vecino te observa a través de la mirilla, esperando que desaparezcas escalera abajo. Llegas al portal y te cruzas con la señora del primero, dejas caer un saludo de cortesía –que será un buenos días, pero podría haber sido un conciso hola o un trillado qué día más feo, porque en realidad ni te has dado cuenta de que la saludabas–, pero ella guarda silencio mientras observa con atención los remitentes del correo que acaba de sacar del buzón, simulando no haberte visto.

Sales a la calle y la señora del primero llama al ascensor, contrariada porque tendrá que esperar que a baje desde el tercer piso. Con la mano agarrando el tirador, se impacienta por la lentitud con que se abre la puerta interior. Sale de dentro el vecino del tercero dando un empujón a la puerta, gruñe una disculpa, y se precipita hacia la puerta de la calle azorado por la sospecha de que lo habrá visto hurgándose la nariz ante el espejo. Justo en ese momento accede al portal la vecina del ático, el hombre se sonríe –se imagina abalanzándose sobre sus pechos desnudos–, saluda con un buenos días que le sale desafinado, demasiado agudo, ella sonríe y él agacha la cabeza sonrojado con la sensación de ridículo clavada en la espalda.

La vecina del primero maniobra a empellones con el carrito de la compra para poder cerrar la puerta del ascensor antes de que llegue la vecina del ático. La vecina del ático ha recogido el correo antes de salir, pero vuelve a abrir el buzón para ganar tiempo y no tener que compartir ni siquiera un piso de trayecto con la vecina del primero.

Por la noche todos conectarán su ordenador y mandarán y recibirán correos. Escribirán comentarios en blogs y páginas personales de gente que no conocen. Flirtearán en chats con personas que están a cientos o miles de kilómetros de distancia. Cada uno en su casa, encerrados, a oscuras. No conocen a la gente que les rodea, ni les interesa. Sólo les molesta. No saben ni quieren saber si el vecino del tercero tiene problemas sentimentales, o si la chica del ático acaba de perder a un familiar muy querido, o la vecina del primero está agobiada por las deudas, o al vecino del cuarto esta tarde lo han echado del trabajo.

Un día el vecino del tercero quizás asesine a su pareja, y todos dirán qué raro, con lo amable y buen chico que parecía. Y otro día quizás la vecina del primero decida suicidarse. Y para ello se encierre en la cocina, a oscuras, con la cabeza apoyada sobre la puerta abierta del horno y el olor dulzón del gas entrando en sus pulmones. Y ya nadie les pregunte nada cuando la prensa llegue al lugar del siniestro y sólo encuentre escombros humeantes y un sillón colgado en un rincón de lo que fue el salón del ático.

viernes 24 de octubre de 2008

Los maniseros

Anoche era el concierto inaugural de la edición número cuarenta del Festival de jazz de Barcelona y, para ser sincero, no se me ocurre mejor arranque que el de ayer: con Bebo y Chucho Valdés sentados frente a sendos pianos.

El Auditori estaba atestado de público y apestado de autoridades, que son esos personajes que suelen ocupar las mejores butacas sin pagar. Por tratarse del cuarenta aniversario, el director del festival nos torturó durante demasiado tiempo con un soporífero discurso leído con voz monótona y monocorde, tal cual un escolar prepúber leería la lección frente a una clase, que hizo cabecear a más de uno. Tras el suplicio, se anunció la entrega de la medalla de oro del festival al incombustible Bebo Valdés, que fue recibido con todo el auditorio puesto en pie aplaudiendo con toda el alma. Y es que a Bebo se le quiere mucho por estos lares.

¿Qué puedo contar sobre lo que vino después? Hace un par de semanas, en su concierto en Barcelona, Bunbury acertó a apuntar como mala costumbre no llevar sombrero, porque eso te impedía quitártelo cuando fuera necesario. Y anoche hubiera sido necesario, porque fue grande, brillante, emotivo… Volvieron a sonar sus clásicas "El manisero", "Siboney", "La negra Tomasa", "La comparsa" o "Lágrimas negras" y también nos regalaron son, bolero y blues, fugaces fragmentos de Bill Evans, de "El vuelo del moscardón" o de "La danza del sable". Y cerraron con Bebo solo en el escenario interpretando el adagio de "El concierto de Aranjuez" del maestro Rodrigo. He tenido el enorme privilegio de verlos actuar en tres ocasiones, y no me canso nunca de repetir. Tantas veces como vuelvan a Barcelona, tantas que iré a que me regalen su música, su alegría contagiosa y su sentido del humor. Pero ahora, lo mejor que puedo hacer es callar y que seáis vosotros mismos quienes juzguéis si acaso exagero.

Os dejo con Bebo y Chucho Valdés, tocando a cuatro manos en el primero de los tres bises de la noche.

viernes 17 de octubre de 2008

Noche de comer castañas

Estaba en casa cuando ha descargado una magnífica tormenta sobre Barcelona. Más que una lánguida lluvia otoñal, esta tenía la furia de las que descargan a finales de agosto o primeros de septiembre, de gruesos goterones que redoblaban contra los cristales de la ventana. Cuando ha cesado una espesa bruma se extendía hasta el horizonte de Collserola, cubierta a media altura por pesadas nubes de todas las tonalidades del gris. Ha sido entonces cuando he pensado que esta es la noche ideal para cenar en el sofá castañas y boniatos asados, con una copita de moscatel, mientras vemos una película en blanco y negro.

Cuando regresaba de la bodega con la botella de moscatel, he pasado por delante de una vieja y desangelada tienda de segunda mano que hay cerca de casa. Tienen desde cámaras antiguas (o directamente viejas) hasta discos de vinilo. Ha sido esto último lo que me ha obligado a detenerme. Pasaba por delante cuando, por el rabillo del ojo, he visto en el escaparate un viejo vinilo de Leño. Acercarme ha sido la perdición. Junto a este estaba el single de “El garrotín” de Smash. Y al lado otro single de Màquina!, y otro de Cerebrum, y uno de Pegasus y… Y he tenido que entrar.

Al final he sido prudente y sólo me he llevado uno. Un vinilo. O mejor dicho, el vinilo. El mejor disco español de todos los tiempos.
Y en vinilo. Ahí es ná. Y si no que se lo pregunten a mi madre.

Acabo de darle la vuelta; ahora suena la cara B. Es lo bonito que tienen los vinilos, que requieren todo un ritual de gestos cuidadosos, una interacción por parte de quien los escucha. Porque los vinilos se escuchan, no como ocurre a veces con los CD que te olvidas de ellos. De un vinilo no te puedes olvidar; tiene movimiento ligeramente ondulante, la aguja cruje y al final hay que darle la vuelta. O cogerlo con cuidado y meterlo en la funda.

Voy a cortar las castañas.

Por cierto, ahora suena esta.


(sugerencia de consumo)
Lucía de Joan Manuel Serrat (cara B de Mediterráneo)