*** Cómo Publicar Tus Cuentos***

Este blog está dedicado a los cuentistas de habla hispana. Aquí podrás publicar tus cuentos y comentarios.

1-Recuerda que no publicamos cuentos ofensivos hacia los credos, creencias, personas, empresas, etc.

2- Revisa la ortografía y la gramática antes de enviárnoslo.

3- No olvides agregar tu nombre o seudónimo, como así tampoco el país desde donde escribes al final del cuento!.

4- Este es un blog de cuentos breves, no tomaremos textos que superen las 1.000 palabras.

5- Todos los textos son revisados por nuestros editores, por lo tanto, no podemos asegurar que se publique ni cuanto tiempo nos lleve hacerlo.

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miércoles 15 de octubre de 2008

CABRESTANTE

El ojo de mi alma siempre mira al cuento de la muerte y las parálisis y los destinos, la suerte y los caminos; los senderos se bifurcan y los caminos se confluyen. Las empresas se caen y los destinos son siempre los mismos, un final hacia mentales diferentes posibles.

Veo otras dimensiones.

El tema de empezar a escribir siempre me trata de la misma forma, se decía Jorge Alberto de la Croza Turbia, amante de la escritura minimalista policial y palabras que desconcertaban su alma, desempolvándolas en un cuaderno amarillento del cual hacía uso en las cercanías de la medianoche, cada día, como atenuante al rigor de la fábrica que absorbe vidas y si pudiera contratar robots, lo haría, como sabiamente pronunciaba su mujer.
-El destino no hace acuerdos con mi mente, he de encontrar un significado a mis palabras, o moriré en el más grave silencio del intento de mover mi cabresante mental para rescatarme del abismo.
Hablar como perdido en los siglos es un ejericio mental de duro roer, pero sirve sin lugar a dudas para soportar el tortuoso destino del hambre de los últimos días antes del sueldo…

El operario bordea los senderos de las mulas, arricona en oficio a las vacas y termina acusando un delicado equilibrio con el caballo del cartonero de turno. Así deambulaba el rigor semanal en su mente obsesionada con el despertar floral de una nueva era.
Cómo no sentirme así, se decia el Indio Solari en la radio y la fábrica deambulaba el caminar del sol hasta el ocaso, una pieza y otra, una pieza, un almuerzo, un cubierto, el futuro ya llegó, caminemos a la parada de colectivo, yo voy en trenes, no tengo dónde ir.

Algún aliciente en la lectura, una esposa pobre pero amorosa, un pequeño espacio sin hijos, triste, perdido en la urbe despiadada.

Algún lápiz que traza sueños, algún día en el firmamento que sonríe, los ojos y la música se unen y me calman… a mí, a mis agotadores días, a mi cama pesada. Mochila en mano antes del alba y vuelta a emprezar.

Pero un día las piezas empiezan a pasar fugazmente y la visión se dificulta. Jorge Alberto de la Croza Turbia empieza a ver huecos en vez de piezas, y se acuerda de aquel científico de la dimensión desconocida que se esfuma por el deseo de no permanecer encerrado…
Entonces se mete por un orificio imaginario (o no) y desaparece.

http://tajamar.wordpress.com

sábado 6 de septiembre de 2008

RUIDOS

Eliana me gritaba de lejos, agitaba sus brazos con fuerza, daba saltitos sobre el empedrado. Sus mejillas estaban de un color rojo intenso, su frente brillosa por la transpiración.

—No te entiendo —le gritaba yo desde la vereda de enfrente—. ¿Qué querés?
Las palabras eran inaudibles. Hubiera querido poder apagar con un botón el ruido ensordecedor de esa avenida, como con el del “mute” de control remoto. El arranque atronador del 60; la sirena histérica de la ambulancia que zigzagueaba debatiéndose entre los autos, camiones y peatones que cruzaban sin respetar semáforos ni sendas peatonales; el caño de escape suelto del infaltable pistero de los viernes a la noche; las hordas de personas que emergían de la escalera del subte, como hormigas espantadas por la inundación del hormiguero; el ansioso de rigor que no entendía, que por más que tocara bocina, la barrera que estaba a unas cuadras no se abriría hasta que pasara el tren; el cieguito (el ciego debe decirse, para no menospreciarlo, vio. Eso siempre me corrige Judith) metiéndole con todo a una vieja guitarra criolla de Antigua Casa Núñez y cantando una irreconocible samba catamarqueña.
—¡Que desgracia! —pensé— Si hay alguna razón por la que me volvería a Diamante mañana mismo para librarme de este bullicio. ¡Sí, señor! —Sentado en el patio de casa, cuando tomaba mate a la tardecita, podía escuchar el ruido de un caracol atravesando el cantero de los malvones. Como sería lo acostumbrado que estaba al silencio, qué si hacía calor y los grillos entonaban su chirrido característico, me resultaba incómodo, molesto, a veces insoportable.
Ahí nomás, cansado de tratar de adivinar que corno me decía Eliana, cruce la calle. Creo que no miré muy bien a mi derecha, sí porque como Cabildo es doble mano, si venía algún auto tenía que ser de mi izquierda. Pero no calculé la posible intervención de la última de las plagas urbanas: las motitos del delivery. Eso sí, escuche mis últimos dos ruidos: el ronquido frenético, tipo mosquito muerto de hambre, de la Vespa de dos tiempos y el golpe de la rueda y el faro de las luces sobre mi retaguardia. Después, fue todo silencio, te diría que hasta se me oscureció más la noche. Alcancé a verla a Eliana de rodillas al lado mío, me hablaba. ¿Querés creer que aunque estaba cerca tampoco pude entender que me decía? Me pareció como si hubiera vuelto a mi casa, allá en el pueblo. Ahora me sentía tranquilo. Cómo en paz.

Fernando Murano
Argentina

viernes 22 de agosto de 2008

DESESPERACIÓN

Había ya caído la noche cuando el zumbido de un mosquito se escuchó en mi habitación. No tardé en levantarme, encendí la lámpara y con una prenda de vestir sucia traté de matar al maldito. Intento tras intento y mis extremidades comenzaron a sentirse muy pesadas; mis parpados se cerraron y mis ojos quedaron completamente ocultos.
Era una sensación espantosa la que me rodeaba y lentamente caí en mi cama. Mi cuerpo estaba inmóvil pero por dentro algo corría rápidamente, como si mi sangre se hubiese querido salir de mis venas. De pronto la inmovilidad desapareció y mis brazos y piernas empezaron a moverse loca y desesperadamente. El techo caía sobre mí.
Aquello me producía tal agonía que mis gritos se escuchaban hasta el otro lado de la calle. Pedí que me sacaran de allí, pero mis padres, que momentos atrás me había dejado en ese lugar, no podían oírme, o tal vez sí, pero no me ayudarían. No lo soportaba más. Me moría, me asfixiaba, enloquecía, y pronto empecé a alucinar.
Vi al mosquito que antes había tratado de matar pero ahora con dimensiones gigantescas, similares a las mías. ¡Me quería succionar la sangre! Instantáneamente un miedo indescriptible se apodero de mí. ¡Necesitaba ayuda! ¡Necesitaba salir de allí! ¡Necesitaba sólo una más! ¡Sólo una maldita dosis más!

Enrique Quijano S.
Xalapa, México.

miércoles 23 de julio de 2008

ACOMPAÑANTE

Otro desconocido ingresa en el ático; con el van cinco solamente en ese día. Debes soportarlo en silencio. Tus padres te lo han repetido, y sus palabras son como piedrazos en tu alma: “Nadie debe saberlo, jamás”. Tú luces cansada de complacer a aquellos entes horribles. De ninguno guardas un buen recuerdo; todos te han obligado a hacer cosas atroces, a complacerles sin poner reparos. Miras con asco al engendro, quien se acerca a ti con el rostro desfigurado y un látigo en la mano. Juras que no soportarás más, que saltarás de aquella torre y escaparás, o no sobrevivirás a la caída; las dos opciones han martillado tu mente durante todos esos años. Cualquiera de las dos será mejor que la tortura a la cual te han sometido tus padres, desde tus 9 años de edad. “Necesitamos el dinero y nuestra hija les encanta a los forasteros y a los nómadas”, le has escuchado justificarse a tu padre hace pocos días. Tu madre, como siempre, ha asentido en silencio; en el mismo profundo silencio con el que te sirve la comida diariamente; imposible ingresar en ese espíritu atroz.
“Esta vez sí saltaré”, piensas, mientras recibes el sexto latigazo en tu espalda de quinceañera. Raudamente te diriges hacia el único ventanal del ático. El espectro, inútilmente, intenta detenerte. “Por fin libre”, gritas, y la brisa del amanecer cobija tu descenso. Al llegar al piso, algo turbada por la caída, empiezas a correr; los pasos a tus espaldas, firmes y vigorosos, amenazan con atraparte; sigues escapando, te ocultas entre unos arbustos. Huir, ¿hasta cuándo? La sangre de tus heridas ha dejado una pista fácil a tus perseguidores, tiemblas mientras levantas el rostro, tu cuello, tenso, intuye el final…

Juan Secaira Velástegui
Ecuador

martes 15 de julio de 2008

JEFE DE FAMILIA

Desde la cornisa el espectáculo siempre luce diferente, como distante y ajeno. La pequeñez de las figuras contrasta con la inútil protuberancia del vientre de aquel hombre. La mirada, de izquierda a derecha, barre el horizonte con brochazos violentos. No pronuncia la palabra, la que describe su total desnudez, sin lástima, hasta, algunos días, con algo de alegría; migas de un pan duro y añejo, tantas veces mordido aunque pocas saboreado. Tampoco su presencia obedece a un espíritu suicida ni nada que se le parezca, solamente está ahí, en la cima de su casa que se derrumba a sus pies, con seres ajenos dentro y poco de verdadero entre sus paredes. Cierra los ojos, se los limpia con ambas manos, el periódico del día cae y sus hojas vuelan en desorden; otro día como jefe de familia; hasta la frase tiene sabor a ironía, esboza una sonrisa, empieza a bajar.

Juan Secaira Velástegui
Ecuador

EL MISTERIO DEL CASTILLO - CAPÍTULO 38

Ya de noche Alexander sigue intentando usar sus poderes ante las burlas del público y las miradas atentas de Bladir y Jeff.
-hijo, no me vas a dejar otra alternativa que matarte…-dijo Bladir mirando a su descendiente.
-yo moriré pero mis amigos te matarán padre.-dijo Alexander pensando en su hermana.
Jeff desenvainó el arma helada y el arma de fuego y empezó a calentar…
-¿De verdad matarías a tu hijo? Si, seguro que si. Como también mataste a nuestra madre.- dijo Alexander con un brillo de odio en los ojos.
Bladir sonrió y le contesto que su madre seguía viva pero que no seguiría con vida para verla.
Ante esto, Jeff se adelantó pero Bladir lo hizo esperar para que a su hijo, Alexander, le diera tiempo a sacarle algo más de información.
-padre… ¿Por qué en el pasado reunió todas las esferas de los reinos si sabía que el caos y la locura vendrían y asolarían este reino?-preguntó Alexander desenfundando la espada espera a que su padre le conteste y una vez contestado, intentar exterminar a Jeff y a Bladir si fuese necesario.
-Alexander, tú y Kaede no sois de este continente, sois del continente del cual provengo yo, el continente de la penumbra, pues allí casi siempre hace mal tiempo y predominan colores oscuros y opacos…
Ante la estupefacción de Alexander, Bladir continúa narrando la historia de cómo todo llegó a no tener una buena solución sin muertes.
-Un buen día conocí a tu madre, yo era un príncipe y guerrero, luchaba por la justicia hasta que el día de nuestra boda, conocimos a dos invitados, un guerrero y un mago, ambos eran maduros, el mago era un charlatán y el guerrero no hablaba casi nunca.
Yo y tu madre les ofrecimos trabajo en este reino, del que tu madre era princesa y cuando nos casamos nos convertimos en reyes pues uno o dos años antes sus padres murieran asesinados sin saber por quién.
Al principio, todo iba bien, eran leales pero cuando se enteraron de que tu madre estaba embarazada, decidieron raptarla…
Bladir se disponía a continuar cuando Alexander lo interrumpió:
-padre, usted podía detenerlos, ¿Por qué no lo hizo? ¿Acaso alguien se interpuso en su camino?
-hijo, ese día era el aniversario de nuestra boda, y precisamente ellos me habían regalado esas esferas que durante años estuvieran ocultas por el peligro que suponía usarlas. Dos reinos se preocuparon y mandaron a sus ejércitos, el del volcán oculto y el de las montañas diamantinas pues desde hacía tiempo notaban una presencia maligna en mi castillo…
Yo y mi reina también la sentíamos pero no sabíamos que podía ser, estaban ellos dos y la criatura, que esta última me fue fiel en todo momento y nunca se largó con los seres que la habían traído.
La criatura para ayudarme propuso que le pidiera a las esferas el poder para recuperar a vuestra madre, pero algo salió mal y hubo una explosión de energía que dejó el castillo tal y como está ahora y lleno de bestias y monstruosidades, al principio rechazaba esos seres pero me di de cuenta de que había convertido el reino en un caos y a sus habitantes y la llanura donde estaba el pueblo de mi reino, en ruinas que ves ahora. Lo único que sé ciertamente es que envié dos soldados pues tan pronto me enteré de que habíais nacido os mandé recoger porque según me informaran vuestra madre ya débil y sus secuestradores os dejaran a vuestra suerte en el desierto, en una cueva a mitad de camino entre los tres reinos: el de la arena, el del fuego y el del hielo.
Allí os encontré, unidos, tú no me dejabas acercarme y la defendías con un palo seco que encontraras pero al final os disteis de cuenta y vinisteis conmigo. Pasasteis unos días en el castillo pero una vez que te defendías tu solo te encerré en el campo de batalla olvidado para que pudieras entrenarte como una vez hice yo. Cuando regresé no había rastro de ti ni de los dos soldados que encomendé tu protección, el soldado reluciente y el brillante, que te apoyaron a ti y a tu hermana aún incluso cuestionando mi autoridad.
Como te decía, no pude detener su huída porque el pueblo estaba eufórico y solo se acercaban y me agarraban abrazaban, no me dejaban pasar por mucho que suplicaba… no me transformé porque los mataría pues no me controlaba debido a la situación nerviosa que atravesaba. Lo que sé es que está viva, es el lazo que nos une, ella sabe mi estado vital y yo el suyo. Tú y tu hermana también podéis notarlo pero el de vuestra madre os es muy difícil porque nunca la habéis conocido, todo de ella para vosotros es un vago recuerdo. Lo siento. Pero ya sabes todo así que es hora de que abandones el lugar, aquí habrá una guerra, lo presiento. Se me olvidaba, hijo mío no volví a intentar a salir a salvar a tu madre porque hay algo o alguien que bloquea mi mente y no me deja tomar la decisión de poder encontrarla y traerla, me nubla la mente…-acabó de explicarle todo Bladir a Alexander.
-entiendo, esa es la criatura que no te deja, te está corrompiendo padre.-dice Alexander al mismo tiempo que en un ataque de ira atraviesa a Jeff tirándole las armas de un par de golpes devastadores.
Bladir lanza una onda de energía y mata a Jeff diciendo:
-es un asunto familiar, no te entrometas.
Los dos desenvainaron sus armas y se lanzaron uno en contra del otro, un combate paterno filial para saber quién de los dos tomaría la decisión a partir de ahora: encontrar a la reina. Para eso uno tendría que morir y otro sobrevivir, así el más fuerte podría detener y recuperar el reino y la paz que antes ahí había…
En determinado punto del combate, ambos se transforman y cargando todas sus energías en un solo golpe se lanzan uno contra otro, los dos cuerpos caen al suelo y uno deja de respirar…
De repente Lady se despierta sudorosa y se agarra el pecho sintiendo un sentimiento y un dolor muy profundo de haber perdido en ese instante de la noche a un ser querido muy importante para ella…


Javi
Galicia- España

lunes 14 de julio de 2008

EL MISTERIO DEL CASTILLO - CAPÍTULO 37

Lady estaba emocionada, era la primera vez que montaba en semejante artilugio. Alister salió a la borda a mirar cuanto faltaba y se encontró con que iban en dirección opuesta a la del volcán oculto.
Sin pensárselo dos veces entró y reclamó.
-tranquilo, Alister. Llegaremos pero hemos tomado la dirección opuesta por culpa de que un huracán está en medio de la trayectoria, lo rodearemos y llegaremos, es cuestión de unas horas.-contestó el contramaestre.
Alister salió de la sala de máquinas y se encontró con Lady.
-¿a quién buscas?-preguntó Alister distraído.
-¿quién me ama?-respondió Lady con ironía.
-de acuerdo, no hay por aquí muchas personas conocidas que digamos.-contestó jocoso Alister.
Los dos sonrieron, se entrelazaron los dedos y caminaron juntos hasta entrar en uno de los camarotes que tenía una sola cama con su respectiva mesita y armario…
Cliff entra en la sala del trono agarrando de la mano a Sady.
-¡has vuelto!-exclamó el rey boquiabierto.
-¿acaso dudabas de mi palabra? Podré ser alguien del reino o no pero no suelo mentir.-contestó Cliff observando que Sady era mucho más bella que la joven reina.
Sady se dio de cuenta de que las comparaba he hizo un comentario.
-¿Cliff, no te gusta el vestido de la reina?
Cliff se dio cuenta de lo que Sady pretendía y contestó sin ofender a la reina que prefería a Sady.
-bueno, ya sabemos que tú eras el guardia personal que se sentaría en el trono si el rey falleciese. Así que podemos partir hacia la caverna del reino del volcán oculto.
Mientras en la caverna del volcán oculto…
-¿mi señor, está usted seguro de que vendrán los demás nobles a debatir que hacer con el reino de Bladir?-preguntó la reina al rey de dicho lugar.
-amada mía, estoy seguro de que vendrán.-respondió en rey abrazándola con ternura y respeto.
Fuera, en la entrada, llegan los primeros reyes.
Los soldados allí apostados les impiden el paso, pues están acompañados de la guardia personal que consistía en dos soldados con mazas y otros dos con arco, armas características del reino de la arena.
El capitán del fuego se acercó y le explicó el motivo por cual no podían pasar, entonces, los reyes del reino de la arena se adentraron solos en la caverna de fuego.
-¿ya vamos siendo cada vez más soldados eh?-dice el capitán de la arena para romper el hielo.
-y que lo digas, como esto siga así los de la reunión somos nosotros.-contestó uno de los soldados del reino de fuego entre carcajadas.
Al llagar junto a los reyes del reino del fuego, los de la arena comentan:
-parece que os están haciendo esperar…
-eso parece amigos míos, sentaos y tomad lo que necesitéis en la mesa que instalamos hay suficientes víveres, armas y ropa como para aguantar un asedio.-dijo el rey del fuego echándole una mirada complaciente al rey de la arena.
Estos se sentaron a esperar.
Cliff y los reyes de las montañas diamantinas, se dirigen montados en un carruaje a través del desierto hacia la caverna. En un día estarían allí.
En la nave voladora, Alister y Lady están acostados en la misma cama. En el momento en el que Lady conciliaba el sueño después de que se hubieran acostado, suena una campana.
Alister sale de la cama y se viste, pues estaban ambos completamente desnudos por lo sucedido entre ellos en la habitación.
Lady se despierta y con una sonrisa le indica a Alister que se olvidaba la chaqueta grisácea que siempre llevaba por encima de de una camiseta corta echa de escamas rojizas y con su pantalón color tierra y botas negras.
El lo agradeció y esperó fuera a que se vistiera Lady.
Cuando esta acabó, salió y le ató en un brazo una cinta de color rojo, cinta igual a la que ella llevaba puesta en la pierna. Alister observa lo bien que le queda el vestido negro que lleva puesto y agarrándose de la mano los dos se disponen en dirigirse a la zona de desembarque a tierra pues la campana se significaba que habían llegado a su destino justo cuando empieza a anochecer…
Cliff y los otros estaban a medio camino de la caverna cuando empieza a anochecer y deciden parar a dormir en el pantano, a los pies del volcán oculto. Esa noche Cliff y Sady se acostaron juntos pues podía ser la última vez que podrían hacerlo.
Bladir hace llamar a Jeff a su presencia y Alexander intenta transformarse pero, al parecer, sus poderes fallan y se queda sin protección mágica…


Javi
Galicia - España