Raymond Carver

La mentira

Raymond CarverEs mentira, dijo mi esposa. ¿Cómo puedes creer una cosa así? Ella está celosa, eso es todo. Giró la cabeza y me miró fijamente. Aún no se había quitado el sombrero ni el abrigo, y estaba ruborizada por la acusación. ¿Me crees a mí, no? ¿Seguramente no creerás aquello?

Me encogí de hombros y le dije: ¿Por qué iba a mentir? ¿Con qué objeto? ¿Qué obtendría con ello? Me sentía incómodo, pero permanecí allí en pantuflas, abriendo y cerrando los puños, con la sensación de estar haciendo el ridículo, exhibiéndome, no obstante las circunstancias. No tengo madera para hacer el papel de inquisidor. En ese momento deseaba que nunca hubiese llegado a mis oídos, que todo pudiera ser como antes. Se supone que es amiga, amiga de los dos, comenté.

¡Una hija de puta, eso es lo que es! ¿Te crees que un amigo, aunque sea lejano, incluso un simple conocido, diría una cosa así, una mentira tan evidente? Simplemente no lo crees. Movió la cabeza ante mi necedad. Desabrochó su sombrero y se sacó los guantes, poniendo todo en la mesa. Luego se quitó el abrigo y lo arrojó sobre el respaldo de una silla.

Ya no sé qué creer, le dije, quisiera creerte a ti.

Entonces créeme, dijo ella. Que me creas, es todo lo que te pido. Te digo la verdad. No iba a mentir en un asunto así. Anda, di que no es cierto cariño, di que no lo crees.

La amo. Deseaba abrazarla, estrecharla en mis brazos, decirle que le creía. Mas la mentira, de ser mentira, se interponía ya entre nosotros. Me acerqué a la ventana.

Debes creerme, dijo. Sabes que eso es una estupidez. Sabes que te digo la verdad.

Permanecí junto a la ventana, observando el tráfico que se movía lento allá abajo. Si levantaba la vista podía distinguir a mi esposa reflejaba en los cristales. Soy un hombre de criterio amplio, pensé. Puedo resolver esto. Comencé a pensar en mi esposa, en nuestra vida, juntos, en la verdad y la ficción, en la honestidad y la impostura, en la ilusión y la realidad. Recordé la película Blow-up, que habíamos visto recién, y recordé también la biografía de León Tolstoi que yacía en la mesita, las cosas que dice sobre la verdad, el escándalo que produjo en la vieja Rusia. Entonces me vino a la memoria un amigo de la secundaria, de hacía mucho. Era un tipo incapaz de decir la verdad, un mentiroso absoluto e incurable y, con todo, una persona agradable y bien intencionada y, sin duda, un auténtico amigo durante los dos o tres años de un período difícil de mi vida. Me alegró mucho el descubrimiento de aquel mentiroso de mi adolescencia, era un precedente al cual podía acogerme en la actual crisis de nuestro –hasta aquel momento– feliz matrimonio. Esa persona, ese consumado mentiroso podía muy bien probar la teoría de mi esposa de que existía esa clase de gente en el mundo. Me puse feliz de nuevo. Me volteé para hablar, sabía lo que quería decir: sí, puede ser verdad, es verdad: hay gente que miente de modo incontrolable, quizás inconscientemente, a veces de modo enfermizo, sin medir las consecuencias. Quien me contó pertenecía a esa categoría, sin duda. Pero justo en ese momento mi esposa se sentó en el sofá, se cubrió la cara con las manos y dijo: Es cierto... Que Dios me perdone. Todo lo que ella te contó es verdad. Mentí cuando dije que no sabía nada.

¿De veras?, pregunté, sentándome en una de las sillas junto a la ventana.

Ella asintió. Aún se cubría la cara con sus manos.

¿Por qué lo negaste entonces?, le dije. Nunca nos habíamos mentido. ¿No nos hemos dicho siempre la verdad?

Estaba avergonzada, me dijo. Me miraba y movía la cabeza. Sentía vergüenza, no te imaginas cuánta, no quería que lo creyeras.

Creo que lo entiendo, dije.

De una sacudida se quitó los zapatos y se recostó de nuevo en el sofá. Pero enseguida se sentó y se quitó el suéter de un tirón y luego se acomodó el cabello. Cogió un cigarrillo de la mesita. Le ofrecí fuego sosteniendo el encendedor y por unos momentos me quedé pasmado ante la visión de sus dedos alargados y pálidos, igual que de sus uñas relucientes. Me pareció que los observaba de modo novedoso y un tanto revelador.

Dio una fumada y, un minuto después, dijo: ¿Y cómo te fue hoy, querido? En general, quiero decir... Tú sabes a qué me refiero. Mantuvo el cigarrillo entre los labios el minuto durante el cual se levantó para deshacerse de su falda. ¡Ah!, dijo.

Más o menos, le respondí. Aunque no lo creas, por la tarde estuvo aquí un policía con una orden judicial, buscaba a una persona que vivió abajo. El mismo gerente del edificio avisó que cortarían el agua por una media hora, entre las tres y las tres y media, en lo que hacían algunas reparaciones. En realidad, ahora que lo pienso mejor, fue sólo durante el tiempo que el policía estuvo aquí cuando tuvieron que cortar el agua.

¿De veras?, dijo ella, poniendo las manos sobre sus caderas. Luego se estiró, cerró los ojos, bostezó y sacudió su larga cabellera.

También leí una buena parte del libro de Tolstoi, le dije.

Magnífico, dijo, y empezó a comer nueces. Con la mano derecha lanzaba una tras otra hasta su boca, mientras que en la izquierda sostenía el cigarrillo entre los dedos. A ratos paraba de comer, el tiempo justo para limpiar sus labios con el dorso de la mano y dar una fumada. Para entonces se había librado ya de su ropa interior. Con las piernas cruzadas bajo su cuerpo se posó en el sofá. ¿Y qué tal? preguntó.

Tenía ideas interesantes, respondí. Era todo un personaje. Los dedos de las manos me hormigueaban y mi sangre empezaba a agitarse. Igual, me sentía débil.

Venga acá mi mujikito, dijo de repente.

Quiero saber la verdad, dije débilmente, postrado a gatas. La frescura y suavidad de la alfombra me excitaron. Había andado a gatas hasta el sofá y puesto mi mejilla sobre uno de los cojines. Ella deslizó su mano entre mi cabello, sonriendo. Unos granitos de sal brillaban en sus labios carnosos hasta que, de momento, observé cómo sus ojos se llenaban de una inexpresable tristeza y, a pesar de ello, continuaba sonriendo y mesándome el cabello.

A ver mi pachá, dijo. Venga aquí mi bollito. ¿En verdad creyó usted a aquella mujer horrorosa esa mentira inmunda? Venga acá, recueste su cabecita en el seno de mami... Así, así, ahora cierre sus ojos. ¡Así! ¿Cómo pudo creer semejante cosa? Usted me decepciona. Usted me conoce mejor que eso. Mentir es nada más un deporte para cierta gente.

Raymond Carver
Escritor y poeta estadounidense nacido en Clatskanie, Oregón. Vivió en docenas de lugares trabajando en ocupaciones ocasionales y mal pagadas, debatiéndose en la más absoluta de las pobrezas, con un matrimonio destrozado, con graves problemas de alcohol durante varios años. Además de libros de poemas, Un sendero nuevo a la cascada (1985) y Bajo una luz marina (1986), publicó cuatro volúmenes de relatos que lo acreditaron como uno de los mejores escritores norteamericanos de la década: ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (1976), De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981), Catedral (1983) y Tres rosas amarillas (1988).

José Watanabe

Responso ante el cadáver de mi madre

A este cadáver le falta alegría.
Qué culpa tan inmensa
cuando a un cadáver le falta alegría.
Uno quiere traerle algo radiante o gustoso (yo recuerdo
su felicidad de anciana comiendo un bife tierno),
pero Dora aún no regresa del mercado.

A este cadáver le falta alegría,
¿alguna alegría aún puede entrar en su alma
que está tendida sobre sus órganos de polvo?

Qué inútiles somos
ante un cadáver que se va tan desolado.
Ya no podemos enmendar nada. ¿Alguien guarda todavía
esas diminutas manzanas de pobre
que ella confitaba y en sus manos obsequiosas
parecían venidas de un árbol espléndido?

Ya se está yendo con su anillo de viuda.

Ya se está yendo, y no le prometas nada:
le provocarás una frase sarcástica
y lapidaria que, como siempre, te dejará hecho un idiota.

Ya se está yendo con su costumbre de ir bailando
por el camino
para mecer al hijo que llevaba a la espalda.
Once hijos, Señora Coneja, y ninguno sabe qué diablos hacer
para que su cadáver tenga alegría.

Pablo Neruda

SI TÚ ME OLVIDAS
QUIERO que sepas
una cosa.


Tú sabes cómo es esto:
si miro
la luna de cristal, la rama roja
del lento otoño en mi ventana,
si toco
junto al fuego
la impalpable ceniza
o el arrugado cuerpo de la leña,
todo me lleva a ti,
como si todo lo que existe,
aromas, luz, metales,
fueran pequeños barcos que navegan
hacia las islas tuyas que me aguardan.


Ahora bien,
si poco a poco dejas de quererme
dejaré de quererte poco a poco.


Si de pronto
me olvidas
no me busques,
que ya te habré olvidado.


Si consideras largo y loco
el viento de banderas
que pasa por mi vida
y te decides
a dejarme a la orilla
del corazón en que tengo raíces,
piensa
que en ese día,
a esa hora
levantaré los brazos
y saldrán mis raíces
a buscar otra tierra.


Pero
si cada día,
cada hora
sientes que a mí estás destinada
con dulzura implacable.
Si cada día sube
una flor a tus labios a buscarme,
ay amor mío, ay mía,
en mí todo ese fuego se repite,
en mí nada se apaga ni se olvida,
mi amor se nutre de tu amor, amada,
y mientras vivas estará en tus brazos
sin salir de los míos.

La hija del sepulturero, de Joyce Carol Oates

“Es un monstruo al que debería decapitarse en un auditorio público, en el Shea Stadium o en un campo de exterminio junto con cientos de miles. ¡Es la responsable de todos los graffiti en los lavabos de caballeros y de señoras y en todos los retretes públicos de aquí a California ida y vuelta, parándose en Seattle por el camino! Para mí, es la criatura más odiosa de Norteamérica… La he visto y verla es odiarla. Leerla es vomitar… Creo que es esa clase de persona… o de criatura… o de lo que sea. Es tan… ¡ugh!”. Quien así se expresó, en una entrevista, fue el escritor estadounidense Truman Capote. Y a quien se refería Truman Capote era a Joyce Carol Oates.

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Un sueño con Fred Astaire

Estoy en una sala de cine muy grande.
Me dirijo al baño.
Parado a mi lado, frente a un mingitorio
está Fred Astaire, la sacude, la guarda,
sube el cierre relámpago de sus lienzos
y me dice: "soy un perdedor.
Miro sus anteojos de sol
profundamente fijo la vista
en el centro de los cristales espejados,
y le digo: "vamos viejo,
a vos te va muy bien".
Se lo ve conmovido por mi franqueza
y el modo creíble en que pronuncié las palabras.

Bill Berkson

Bill Berkson nació en 1939 en Nueva York. Reside en California. Es criítico de arte. En 1985 su libro Lush-Life, conmocionó a los lectores.

Día de Muertos en México

El Día de Muertos es una celebración mexicana de origen prehispánico que honra a los difuntos el 2 de noviembre, comienza el 1 de noviembre, y coincide con las celebraciones católicas del Día de los Fieles Difuntos y Todos los Santos. Es una festividad mexicana y centroamericana, se celebra también en muchas comunidades de Estados Unidos, donde existe una gran población mexicana y centroamericana. La UNESCO ha declarado esta festividad como Patrimonio de la Humanidad.

Acompañe a la fotógrafa y autora Mary J. Andrade a explorar la riqueza histórica de esta tradición ancestral en Día de Muertos.com

Devoción misteriosa, religión y paganismo, miedo y burla en la tradición de los muertos en México, visitando El día de los muertos.

Sabemos que este día, de recordar y celebrar, los difuntos con porfía, llegan prestos a almorzar, con permiso del mas allá. ...

Es el tiempo en que las almas de los parientes fallecidos regresan a casa para convivir con los familiares vivos y para nutrirse de la esencia del alimento que se les ofrece en los altares domésticos.

Dioses benevolentes crearon este recinto ideal que nada tiene de tenebroso, donde las almas reposan plácidamente hasta el día, designado por la costumbre, en que retornan a sus antiguos hogares para visitar a sus parientes.

DAY OF THE DEAD, interesante página en idioma ingles.

Eugene Ionesco. La cantante calva (fragmento)

" BOMBERO-El resfriado: Mi cuñado tenía, por el lado paterno, un primo carnal uno de cuyos tíos maternos tenía un suegro cuyo abuelo paterno se había casado en segundas nupcias con un joven indígena cuyo hermano había conocido, en uno de sus viajes, a una muchacha de la que se enamoró y con la cual tuvo un hijo que se casó con una farmacéutica intrépida que no era otra que la sobrina de un contramaestre desconocido de la marina británica y cuyo padre adoptivo tenía una tía que hablaba de corrido el español y que era, quizás, una de las nietas de un ingeniero, muerto joven, nieto a su vez de un propietario de viñedos de los que obtenían un vino mediocre, pero que tenía un primo segundo, casero y ayudante, cuyo hijo se había casado con una joven muy guapa, divorciada, cuyo primer marido era hijo de un patriota sincero que había sabido educar en el deseo de hacer fortuna a una de sus hijas, que pudo casarse con un cazador que había conocido a Rothschild y cuyo hermano, después de haber cambiado muchas veces de oficio, se casó y tuvo una hija, cuyo bisabuelo, mezquino, llevaba unas gafas que le había regalado un primo suyo, cuñado de un portugués, hijo natural de un molinero, no demasiado pobre, cuyo hermano de leche tomó por esposa a la hija de un ex médico rural, hermano de leche del hijo de un lechero, hijo natural a su vez de otro médico rural casado tres veces seguidas, cuya tercera mujer...
SR. MARTIN-Conocí a esa tercera mujer, si no me engaño. Comía pollo en un avispero.
EL BOMBERO-No era la misma. "

Borracho y sobrio, de Tao Yan-Ming

Un huésped reside en mí,

nuestros intereses no son completamente los mismos.

Uno de nosotros está borracho,

el otro está siempre despierto.

Despierto y sobrio

nos reímos el uno del otro,

y no comprendemos el mundo del otro.

Propiedades y convenciones,

qué tontería seguirlas muy seriamente.

Sé orgulloso, no estés involucrado,

entonces te acercarás a la sabiduría.

Escucha tú, viejo borracho,

cuando el día muere,

enciende una vela.

Tao Yan-Ming

Poeta chino que vivió entre 372 y 427 de nuestra era.

¿Existe vida después de la muerte?

¡Válgame! Tal parece que no estaban tan equivocados los prosélitos del modelo místico que incluyen entre sus creencias lo que se ha dado en llamar “el viaje astral”: los egipcios seguidores del dios Ba, los hindúes, los budistas, los chamanes, los naguales. O si queremos atenernos a la leyes de la lógica, el viaje astral ya ha sido definido por Robert Monroe, quien mantiene la creencia de que es imposible realmente abandonar el cuerpo en el sentido estricto de la palabra, y que los planos astrales y el mundo físico son meros puntos en el largo espectro de la consciencia. Según él, cuando una persona se proyecta, en realidad "escalan" en otra área de consciencia y los sitios que ésta contiene. Esto puede vincularse a la sintonización de una radio a otra estación. Este punto de vista puede considerarse como una progresión lógica de la filosofía de que la realidad externa es en realidad un estado creado internamente.

Pues bien. Un grupo de 25 médicos de Estados Unidos y Reino Unido preparan el estudio más importante jamás realizado sobre experiencias de pacientes que 'volvieron de la muerte', es decir, que sufrieron un paro cardiaco temporal del que pudieron ser recuperados.

En total examinarán a 1.500 personas que sobrevivieron a pesar de que su corazón dejó de latir. El estudio, que durará tres años y estará coordinado por la Universidad de Southampton, pretende confirmar lo que vivieron los pacientes: algunos afirman que vieron un túnel con una luz brillante al final, y otros se recuerdan mirando al personal médico que les asistía desde el techo de la sala.

El doctor Sam Parmia, que es el director del estudio, en declaraciones a la BBC, afirma que si pueden demostrar que "la conciencia continúa trabajando después de que el cerebro se apague, es posible que la conciencia sea una entidad separada". "Es poco probable que encontremos muchos casos en lo que esto suceda, pero debemos ser de mente abierta". "Esto es un misterio, pero ahora podemos vincularlo a un estudio científico", agregó.

El estudio será llevado a cabo por un total de 25 médicos de distintos hospitales de Estados Unidos y Reino Unido, que examinarán las experiencias de 1.500 pacientes que 'volvieron de la muerte'. Estas son personas que sufrieron una parada cardiaca, cuyo corazón dejo de latir, pero se recuperaron. Algunos recuerdan un túnel con una luz brillante al final, otros recuerdan estar viendo al equipo médico que les atendía desde el techo de la sala en la que estaban, y ahora los médicos quieren intentar conocer la realidad.

LA MUERTE ES UN PROCESO

Parmia explicó que, "contrariamente a la percepción popular", la muerte no ocurre en un momento específico, sino que se trata de "un proceso que comienza cuando el corazón deja de latir, los pulmones dejan de funcionar y el cerebro se apaga". "Durante un paro cardiaco los tres elementos están presentes", pero entonces hay un "periodo de tiempo", que puede durar entre unos pocos segundos o varias horas, en el que los esfuerzos de los médicos pueden devolverle la vida al moribundo y revertir el proceso.

Así, el doctor cree que "lo que la gente experimenta durante ese periodo de parada cardiaca" puede ser una ventana que muestre lo que todos estamos propensos a experimentar "durante el proceso de la muerte". Ahora Parmia, junto con sus colegas, les mostrarán gran cantidad de fotos que sólo pueden ser vistas desde el techo para ver si los pacientes logran recordar lo que vivieron.

Nunca llueve sobre el Sáhara, de Pedro M. Martínez

Es extraño que el primer libro en solitario de un autor resulte más bien una antología, una mezcla de estilos pasados y presentes, con apuntes de futuro. En Nunca llueve sobre el Sáhara, Pedro Martínez no muestra las manos titubeantes propias de un escritor novel. Precisamente, porque no es un escritor novel.

Aunque su dedicación a la escritura fuera tardía, hablamos de un hombre que leyó de joven todo lo que había que leer y que ya lleva años y años publicando en prestigiosas revistas de Internet de todo el mundo. El libro se podría resumir perfectamente en una frase de su relato A un dios suicida: «(…) La sangre, el semen, la saliva, el orín, son el verdadero espejo del alma».

Nunca llueve sobre el Sáhara está lleno de sangre, semen, saliva y orín. No al estilo Bukovsky o Burroughs, desde luego. Pero sus personajes se arrastran por las simas de las montañas, por los riscos, por las tragedias, por las calles de un Madrid de postguerra que huele a lentejas y entresijos. A verbena. Sus personajes están solos, con su alma y su cuerpo y su dolor. Es un libro lleno de dolor y nostalgia. De tristeza. Y es que la literatura no tiene por qué ser triste necesariamente, pero casi siempre el que escribe es un nostálgico, y con la nostalgia hay que tener un cuidado increíble. Escribir, a menudo, es volver a vivir aquello que nos hizo felices, o infelices, aquello que nos hizo sentir algo, en cualquier caso. Recordar los sentimientos y ponerlos sobre el papel no es fácil. Es doloroso, aunque catártico: uno deja de ser su propio cementerio y encuentra una tumba más accesible. Una urna donde esparcir las cenizas y guardarlas en la estantería.

En este libro de Pedro Martínez tenemos de todo, porque Pedro se atreve con todos los géneros. Tenemos costumbrismo, por supuesto. Costumbrismo madrileño. Pedro se maneja con maestría en el costumbrismo pícaro madrileño. Pero no sólo eso: tenemos recuerdos de la Guerra Civil, fábulas de la Asturias profunda, personajes solitarios y enloquecidos, inmigrantes que cogen el tren equivocado… Música de Triana que acompaña un viaje a Alemania rodeado de españolos.

Es un libro que va de menos a más, en mi opinión. Un libro que empieza con un niño en los años ‘40 y que acaba con un abuelo moribundo en la era de Internet. Un libro que gana en soltura en los últimos relatos, como si Pedro hubiera decidido olvidarse un poco del estilo y se hubiera dejado llevar. El lector no puede sino emocionarse con sus triángulos amorosos, su reflejo de la injusticia, la entrañable pareja de viejos que anuncia una nostalgia futura —esto sí que es increíble— de Jugando con Alicia… probablemente uno de los tres mejores cuentos de la colección junto a Todos eran iguales, menos uno y Disparos en un parquin.

Pareciera que las teclas se sueltan y las ideas se confunden libremente, con personajes psicópatas, agresivos, situaciones improbables… Una ruptura, una evolución con respecto a la distancia y la sobriedad de estilo que destaca en los primeros relatos.

Por supuesto, hay compromiso social y político. Sería absurdo que un libro de Pedro, que ha dedicado su vida al compromiso social y político, no recordara ciertas realidades históricas. Guardias civiles y retratos de Franco. Maquis que vuelven a España con chocolate inglés en la maleta. Estraperlistas, bingueros… una serie de perdedores cuyo único delito fue nacer en el momento equivocado, en el país equivocado.

Pero Pedro no es un moralista. Pedro dibuja esa realidad a retazos, de manera que la tristeza, la injusticia, el dolor… están ahí, pero no obliga al lector a bebérselos como aceite de ricino para purgar sus culpas. No, simplemente, lo pone ante sus ojos, para el que lo reconozca.

Nunca llueve sobre el Sáhara es la primera obra de un autor consolidado. Sé que parece una contradicción, pero no lo es. En sus 144 páginas, Pedro Martínez nos regala partes del escritor que ha sido y sobre todo nos anuncia el que va a ser. Conviene prestar mucha atención, no vayamos a perdernos algo.

Reseña del libro, por Guillermo Ortiz López
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Nunca llueve sobre el Sáhara
Ed. Mandala & LápizCero (Madrid, 2008)
ISBN 978-84-935712-8-3

Web de Pedro M. Martínez: www.martinezcorada.es
Para adquirir Nunca llueve sobre el Sáhara:
La Casa del Libro.

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